jueves, 15 de diciembre de 2016

La Columna de Hierro en Sarrión

Nos han pasado esta foto de unos milicianos entrando en Sarrión. Decir que esta es la segunda columna que subió hacia Teruel después de la de Casas Sala. Si no nos equivocamos la foto corresponde a una avanzadilla de lo que posteriormente seria la Columna de Hierro. El grueso de la columna iba por detrás. Los historiadores siempre han menospreciado la labor de las columnas pero hemos de reconocer que sin estos hombres y mujeres no se hubiera podido hacer frente a la agresión fascista. Mientras los políticos pedían calma, el fascismo seguía avanzando y fue la clase obrera quien tuvo que hacerse cargo de la situación arrebatando armas y subiendo al frente con una nula experiencia militar y organizando una columna lo más igualitaria y humana posible. Es un logro que con la improvisación con la que tuvieron que hacerlo y con el boicot absoluto al que los sometió el gobierno pudieran hacer lo que hicieron. Animamos a todos a pasarse por el Ateneo "Octubre del 36" y coger los libros sobre la Columna de Hierro que tenemos a disposición para hacerse una idea de lo que estamos hablando. Le damos las gracias a quien desinteresadamente nos ha cedido la fotografía y os animamos a que nos enviéis más fotografías. Os dejamos con un extracto del libro de Miquel Amorós “José Pellicer. El anarquista íntegro. Vida y obra del fundador de la heroica Columna de Hierro” para ponernos en contexto de lo que muestra la fotografía.
"La Columna Valenciana. Sarrión ha sido reconquistado por la columna valenciana que avanza sobre Teruel. He aquí las primeras [...] de milicianos que entraron en el pueblo, después de haber desalojado a los rebeldes. Posteriormente los facciosos intentaron un golpe de audacia sobre Sarrión. Con un resultado lamentable, pues dejaron el el camino 43 muertos, numerosos heridos, dos cañones, una ametralladora, un camión y gran numero de municiones. Foto: Vidal Corella"
“Pese a la falta de lo más elemental, el ardor combativo aguantaba mal la espera. “Pancho Villa” acababa de llegar con algunos alcoyanos y ya se obsesionaban con Teruel. Corrieron rumores de que en Sagunto había armas, y el dia 7 unos 150 milicianos se fueron con el, Manzanera y José Amorós […]. En Sagunto aunque fueron recibidos por el vecindario, no pintaban bien las cosas. “Pancho Villa” amenazó con asaltar el cuartel de la Guardia Civil y entonces recibieron los fusiles. Subieron en tren de madrugada pasando pueblo por pueblo: Gilet, Algimia, Torres Torres, Soneja, Segorbe, Jérica, Viver, Caudiel, enfilando por las difíciles crestas de Ragudo hasta llegar a El Toro y por fin Barracas. Los habitantes les gritaban al paso “salud, compañeros” y les saludaban con el puño levantado. En Segorbe, los milicianos entraron en una sombrerería y “Pancho Villa” se hizo con un sombrero de alas anchas. En Barracas requisaron unas cuantas ovejas para alimentarse y una vez cortada la carne cada cual se las arregló para asarla. Los milicianos se repartieron por el pueblo para dormir. Entretanto, llegaron los obreros del Puerto de Sagunto, algo más de un centenar, con Rufino Rodríguez, mecánico, militante de la CNT desde 1929, Dimas Ordoñez, del transporte, Jorge Valero, metalúrgico, e Hipólito Delgado, calderero, que luego fue alcalde de Sagunto. Al día siguiente supieron que los guardias civiles sublevados habían volado el puente del ferrocarril cercano a la estación de Rubielos de Mora, por lo que debían de continuar a pie hasta Sarrión […]. Recorrieron los doce primeros kilómetros en autobuses de la compañía Fuentes del Segura hasta que una enorme piedra colocada en mitad de una curva al final de una bajada provoco un accidente […]. Siguieron su camino esparcidos a ambos lados de la carretera llegando a Sarrión al mediodía. Rodearon el pueblo y después patrullaron las calles, vigilando las ventanas y balcones. El cuartel de la Guardia Civil estaba abandonado. Realizaron algunos registros y requisaron lo imprescindible (comida y mantas). La gente parecía alegrarse pero el dueño de una tienda de comestibles les disparó con su pistola. Lo sacaron de la tienda y los fusilaron en el acto. Por la tarde, llegaron andando desde Barracas los milicianos que faltaban hasta reunirse unos seiscientos. “Pancho Villa” llegó montado en un Ford, con su sombreo de paja y sus cartucheras, y les dijo que no se quedaran todos dentro del pueblo, que se desplegaran por los alrededores y controlaran la carretera. Esa misma noche “oímos ruidos de motores por la carretera de Teruel e inmediatamente nos pusimos en guardia; en menos que canta un gallo, levantamos una barricada y colocamos colchones en los balcones, a fin de protegernos de algún balazo. Unos seis compañeros nos aplastamos en el borde de una era que se levantaba unos tres metros de altura, desde el suelo de la carretera, quedando todos de acuerdo en no disparar hasta oír el primer disparo”. El nerviosismo hizo que dispararan demasiado pronto y los guardias huyeron. El primer camión chocó contra una pared pero los demás pararon y dieron media vuelta. “Pancho Villa” ordenó cesar el tiroteo. “Dada la voz de alto el fuego, unos cuantos fueron a revisar el vehículo y no encontraron alma viva. Recuperaron cajas de munición, varios fusiles y una ametralladora. Había, eso sí, sangre por todo el vehículo”. Se trataba de un camión de la compañía El Zorro. Eran las primeras horas del día 9 de agosto. Habían obtenido aquellos jóvenes que ignoraban todo de tácticas militares, que apenas sabían disparar, su primera victoria contra un enemigo armado con ametralladoras. Poca cosa, pero emocionante para ellos, inconscientes del peligro pasado”

Días después, alrededor del 12 de agosto, fue llegando el resto de la Columna:

“Los milicianos se fueron instalando en las casas de Sarrión, muchas de las cuales estaban abandonadas. El Comité de Guerra con Pellicer al frente traslado su cuartel general también a Sarrión, ocupando un “viejo caserón destartalado” propiedad de Ramón Monterde […]. Se disponía el Comité a concentrar a los combatientes, cuando le informaron de que un grupo había arrestado al alcalde, denunciado por sus vecinos, y lo había fusilado. El Comité en pleno hizo saber su oposición total a las ejecuciones sumarias, pero el daño ya estaba hecho. Se revelaba una brecha apenas perceptible entre los milicianos responsables que luchaban por un ideal y los individuos dispuestos a llevarse por delante al primer derechista o al primer sacerdote con que  se toparan. Esa brecha reparó totalmente y redundó en perjuicio de la Columna, pues con el fin de desprestigiarla los enemigos de la revolución se basaron en aquellas ejecuciones para atribuirle toda clase de desmanes.”



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